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Cómo surgieron los armadillos

Rudyard Kipling

Cómo surgieron los armadillos

En las profundidades del gran río Amazonas, donde el sol brillaba sobre el agua y las sombras de los árboles se proyectaban largas y frescas, vivían dos grandes amigos. Uno se llamaba Erizo Pincho-Manchado, y tenía muchas espinas fuertes. El otro se llamaba Tortuga Lenta-y-Segura, porque llevaba un caparazón redondo y duro y se tomaba su tiempo para todo.

Los dos amigos a menudo descansaban en un banco de arena y conversaban sobre la vida. Pincho-Manchado se enrollaba en una bolita compacta cuando quería sentirse seguro. Lenta-y-Segura metía su cabeza y patas bajo su duro caparazón cuando sentía miedo. Se reían de lo diferentes que eran, sabiendo que, precisamente por eso, encajaban a la perfección.

No muy lejos de allí, el Jaguar Pintado, ágil y manchado, caminaba sigilosamente por la espesura. Era joven, estaba hambriento y ansioso por aprender todo sobre la caza. Un día, los vio en el banco de arena. Se acercó sigilosamente, dirigiéndose primero a Pincho-Manchado. Pero al acercar demasiado la nariz, ¡las espinas le pincharon! El jaguar aulló, sacudió la pata y corrió directo hacia su madre, a la orilla del río.

"Madre", gimió el Jaguar Pintado, "junto al río hay un animal con pinchos que puede enrollarse, y otro que es duro y lento. ¿Cómo debo atraparlos?" La madre jaguar le lamió la cabeza y dijo con calma: "Escucha atentamente, mi cachorro. El que tiene pinchos se llama erizo. Se enrolla. Ruédalo al agua – entonces tendrá que desenrollarse para nadar, y así podrás atraparlo. El duro se llama tortuga. No puede enrollarse en absoluto. Se queda dentro de su caparazón. Sácalo con cuidado usando tu pata – entonces podrás atraparlo. Pero recuerda: ¡No los confundas! Son muy diferentes".

Pincho-Manchado y Lenta-y-Segura habían escuchado cada palabra. Se miraron con los ojos muy abiertos. "¿Escuchaste, amigo?" susurró la tortuga. "Él va a rodarte al agua". "¡Y va a intentar sacarte de tu caparazón!" susurró el erizo. Se quedaron en silencio por un momento. Entonces sonrieron. "Entonces haremos algo nuevo", dijo Pincho-Manchado. "¡Intercambiaremos trucos! Tú me enseñas lo que sabes hacer, y yo te enseñaré lo que yo sé hacer".

Así comenzaron los ejercicios. Lenta-y-Segura enseñó al erizo a nadar. Al principio, Pincho-Manchado chapoteaba torpemente y el agua se le metía por la nariz. Pero la tortuga le mostró cómo flotar y remar con calma usando sus patas. Pronto el erizo pudo desenrollarse justo en el agua, deslizarse un poco y enrollarse de nuevo – ¡plop, splash, a nadar! Luego fue el turno de la tortuga. Pincho-Manchado le mostró cómo enrollarse bien apretado. La tortuga metió su cabeza y patas, apretó con fuerza y presionó su cola muy cerca. Su caparazón casi crujió al volverse tan redondo y compacto. "¡Mira!" llamó orgullosamente. "¡Puedo rodar también!"

Cuando el Jaguar Pintado regresó, se acercó sigilosamente hacia Pincho-Manchado, tal como su madre había dicho. Con su nariz, rodó al erizo hacia el agua. ¿Pero qué fue lo que pasó? Pincho-Manchado se desenrolló, nadó con calma y rapidez, y se enrolló de nuevo en medio del río. El jaguar saltó tras él, pero el erizo se alejó buceando y nadó como una pequeña estrella marina. "¡Eso no es correcto!" gruñó el jaguar y nadó con furia hacia la orilla.

Entonces vio a Lenta-y-Segura. "¡Ajá!" pensó. "Las tortugas no pueden rodar. ¡Las sacas!" Puso su pata contra el borde de la tortuga —pero la tortuga había aprendido bien. Lenta-y-Segura se enrolló tan apretado que se convirtió en nada más que un caparazón duro y redondo. El jaguar empujó, tiró y raspó. Nada sirvió. El caparazón era como una roca firme. "¡Esto tampoco es correcto!" gimió, confundido y mojado.

Corrió de regreso con su madre. "¡Madre, nada salió como dijiste! El de los pinchos fue rodado al agua, pero nadó como un pez y escapó. El duro no debería poder rodar, ¡pero se enrolló, duro como una piedra! ¿Qué hago ahora?" La madre jaguar arrugó la frente. "Si el de los pinchos nada y el duro rueda – entonces no son ni erizo ni tortuga a la antigua usanza", dijo lentamente. "Entonces son algo nuevo. Y cuando algo es nuevo, hay que aprender de nuevo".

Mientras tanto, los amigos continuaron practicando. Rodaron, nadaron, y volvieron a rodar. Se volvieron cada vez mejores en los trucos del otro. Las espinas de Pincho-Manchado se volvieron más suaves y lisas, como bandas estrechas sobre su espalda de tanto rodar. El caparazón de Lenta-y-Segura desarrolló rayas flexibles para poder rodar aún más apretado. Todavía se parecían a sí mismos, pero también un poco diferentes, como si la arena y el agua los hubieran moldeado.

Una tarde, el Jaguar Pintado se posó de nuevo en el banco de arena. "¿Eres un erizo?" le preguntó a Pincho-Manchado. "No solo eso", respondió el erizo y nadó en un arco suave. "¿Eres una tortuga?" le preguntó a Lenta-y-Segura. "No solo eso", dijo la tortuga y se enrolló en una bola perfecta. El jaguar parpadeó. Ahora sabía que estaba ante algo completamente nuevo: animales que podían rodar y nadar, y eran tanto duros como flexibles.

Regresó con su madre y le relató lo ocurrido. Ella miró el río, que brillaba a la luz de la luna. "Mi cachorro", dijo, "cuando un animal lleva bandas de protección sobre su espalda, se enrolla como una bola, y aun así nada suavemente en el río, entonces lo llamamos un armadillo. Ahora sabes cómo surgieron los armadillos. Y de ahora en adelante, cazarás con mayor respeto, porque los animales inteligentes siempre encuentran formas inteligentes".

Pincho-Manchado y Lenta-y-Segura se sonrieron en la oscuridad. Seguían siendo amigos, como antes. Pero dentro de ellos había nacido algo nuevo: el coraje para aprender, la sabiduría para compartir y la alegría de convertirse en algo más juntos. Y desde ese día, hubo armadillos junto al Amazonas – con una protección a rayas sobre sus espaldas, rodando como bolas cuando querían y nadando como sombras en el suave y cálido río. Así surgieron los armadillos. Y así fue.

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Fin

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