Había una vez dos viajeros que caminaban juntos por un sendero que cruzaba un bosque. Eran amigos y charlaban animadamente. El sol se asomaba entre las hojas y los pájaros cantaban. Antes de adentrarse en la parte más profunda del bosque, uno le preguntó al otro: "Si aparece algún peligro, nos ayudaremos, ¿verdad?" Y su amigo respondió: "Sí, claro. Iremos juntos y nos cuidaremos".
Avanzaron un poco más cuando, de repente, escucharon un fuerte crujido entre los árboles. Las ramas se movieron y apareció un oso grande. Tenía la nariz húmeda, las patas pesadas y unos ojos que miraban todo con atención. El oso olió el aire y empezó a acercarse.
El primer viajero se asustó muchísimo. Sin pensarlo dos veces, vio un árbol alto, corrió y trepó rápido, muy rápido, hasta quedar escondido entre las ramas. Se agarró con fuerza y no miró hacia abajo.
El segundo viajero miró el árbol, pero no podía trepar. Sus piernas temblaban. Entonces recordó algo que había oído: "Los osos no tocan a los que parecen estar muertos". Se dejó caer al suelo, estiró los brazos y las piernas, y se quedó quieto, muy quieto, como una estatua. Contuvo la respiración tanto como pudo.
El oso llegó hasta él. Primero le olió los pies. Luego le olió la ropa. Después, acercó la nariz a su cara. El viajero no se movió ni un poquito. El oso sopló, le dio un largo olfateo en la oreja, como si quisiera susurrarle un secreto. El viajero siguió inmóvil, con los ojos cerrados.
Como el oso pensó que aquel hombre no estaba vivo, se apartó despacio. Miró a su alrededor, soltó un resoplido y se marchó entre los árboles, dejando el bosque nuevamente en silencio.
Cuando el silencio regresó al camino, el amigo que estaba en el árbol bajó con cuidado. Se acercó al que estaba en el suelo y le dijo con una sonrisa nerviosa: "¡Qué susto! ¿Estás bien? Parecía que el oso te habló al oído. ¿Qué te dijo?".
El viajero se sentó, se sacudió el polvo y respondió: "Me dijo: ‘Nunca viajes con un amigo que te abandona cuando hay peligro’".
El primer viajero se quedó callado. Se puso rojo y bajó la mirada. Siguieron el camino, pero ahora caminaban en silencio, pensando en lo que había ocurrido. El bosque volvió a llenarse de cantos y de luz, y el corazón del viajero que había trepado entendió algo importante: la verdadera amistad se demuestra en los momentos difíciles.
Y así, los dos viajeros aprendieron una gran lección: prometer es fácil, cumplir es lo valioso. Porque un amigo de verdad no te deja solo cuando más lo necesitas.
Fin
