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El maravilloso viaje de Nils Holgersson

Selma Lagerlöf

El maravilloso viaje de Nils Holgersson

Nils Holgersson era un niño de una granja en Escania, al sur de Suecia. Era perezoso para estudiar y sumamente travieso con los animales: tiraba de las colas, escondía la comida de las gallinas y se burlaba del gallo. Un domingo, cuando sus padres se fueron a la iglesia, Nils se encontró con un duende casero. En lugar de tratarlo con respeto, intentó atraparlo. El duende, molesto por su crueldad, lo tocó con su gorra mágica y Nils se hizo tan pequeño como un pulgar. De repente, todo en la casa parecía gigantesco, y además, ahora podía entender el lenguaje de los animales.

En ese instante, una bandada de ocas salvajes pasó volando por el cielo. Martín, el ganso doméstico blanco de la granja, escuchó su llamada y quiso unirse a ellas. Nils, asustado de quedarse solo y también lleno de curiosidad, saltó al lomo de Martín para detenerlo, pero el ganso alzó el vuelo con gran fuerza. Así, Nils y Martín se elevaron y alcanzaron a la bandada dirigida por la sabia Akka de Kebnekaise, la oca líder que conocía los montes, los mares y los vientos.

Al principio, las ocas salvajes se burlaron de Nils y de Martín. “Un niño diminuto y un ganso de granja no durarán ni una noche”, decían. Pero Akka los miró con sus ojos claros y les permitió seguir el viaje, siempre que trabajaran y aprendieran. Pasaron su primera noche en los pantanos, y allí Nils descubrió que el mundo de los animales era tan serio como el de los humanos: había que buscar comida, vigilar y cuidar a los más pequeños.

Desde ese día, Nils ayudó en todo lo que pudo. Cuando el astuto Smirre el zorro apareció, hambriento y silencioso, el niño diminuto encendió las alarmas, hizo sonar una campanilla caída y lanzó piedrecillas para espantarlo. Smirre juró vengarse y siguió a la bandada a través de bosques y campos, pero muchas veces Nils frustró sus planes con ingenio y valentía.

En la isla de Öland, las ocas celebraron su gran reunión de primavera. Allí bailaron y contaron historias de migraciones y tormentas. A Martín, por ser doméstico, lo sometieron a prueba. “¿Eres valiente? ¿Eres leal?”, le preguntaron. Cuando Smirre atacó de improviso, Martín se mantuvo firme para proteger a Akka, y Nils lo ayudó con una antorcha improvisada. Fue entonces cuando todos vieron que, aunque venía de una granja, Martín tenía un corazón de salvaje. Ese mismo día, rescataron a una oca gris de plumón suave llamada Dunfin, que estaba herida y asustada. Nils la curó, Martín la cuidó y ella se unió con alegría a la bandada.

El viaje continuó por Suecia. Volaron sobre los bosques de Småland, donde los pinos susurraban; sobre Gotland, con sus altas rocas que parecían gigantes de piedra; y sobre las aguas azules del Báltico, brillantes como espejos. Desde el aire, Nils vio ciudades e islas, barcos, molinos y castillos antiguos. En Estocolmo, observó los puentes y las calles llenas de gente. Cada lugar guardaba una historia que Akka contaba por las noches, y Nils, quien antes no quería aprender nada, escuchaba con respeto y asombro.

Finalmente, llegaron al lejano norte, a Laponia, donde el sol casi no se esconde en verano y los ríos corren libres entre las montañas. La bandada descansó allí. Nils recogía bayas, reparaba plumas, vigilaba a los rapaces y consolaba a las crías perdidas. También se enfrentó una vez más a Smirre, quien intentó tenderles una emboscada. Gracias a la alerta de Nils y a la astucia de Akka, el zorro se quedó con el hocico vacío. En esas tierras, el niño comprendió que los animales no eran juguetes, sino seres con miedo, memoria y dignidad propias.

Cuando el verano comenzó a despedirse, Akka anunció que era hora de volver al sur. Nils sintió un fuerte apretón en el pecho. Había aprendido a querer a sus amigos, sobre todo a Martín y a Dunfin. En el camino de regreso, una última trampa de Smirre casi atrapa a la bandada en un desfiladero. Nils bajó al suelo, distrajo al zorro con valentía y lo hizo correr tras él. Gracias a eso, las ocas escaparon. “Has crecido de verdad”, le dijo Akka después. “No en tamaño, sino en corazón.”

Al llegar a Escania, Nils reconoció su casa de la infancia: el techo de paja, el corral, el manzano. Se escondió para escuchar. Sus padres, preocupados por la inminente pobreza del invierno, hablaban de sacrificar a Martín para Navidad. Nils tembló. Podía quedarse pequeño para siempre y continuar su vida con las ocas, o arriesgarlo todo por salvar a su amigo. Tomó su decisión. Corrió a la cocina, saltó a la mesa y gritó con todas sus fuerzas: “¡Madre! ¡Padre! ¡No maten a Martín!”

En cuanto pronunció esas palabras con un corazón sincero, la magia se rompió. Nils comenzó a crecer hasta recobrar su tamaño normal. Su madre dejó caer la cuchara, su padre abrió los ojos como platos, y entre lágrimas los tres se fundieron en un abrazo. Nils les contó, en pocas palabras y con mucha emoción, su increíble viaje, sus errores y todo lo que había aprendido. Les rogó que perdonaran a Martín y a Dunfin, y que los dejaran vivir en la granja. Sus padres, profundamente conmovidos por el cambio de su hijo, aceptaron.

Al día siguiente, la bandada de Akka pasó volando sobre la granja. Nils salió al patio y saludó con la mano. Aunque ya no entendía el idioma de las aves, comprendía su mensaje: agradecimiento, despedida y amistad. Martín y Dunfin se quedaron junto a él, seguros y queridos. Y Nils, quien un día fue cruel, recordaría para siempre que el mundo es grande, que la bondad es una fuerza verdadera y que cada viaje, si se hace con el corazón, te lleva a ser una mejor persona.

Boky

Fin

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